viernes, 20 de marzo de 2020

No sabemos qué hacer

Real
Virtual
Existencia
Eyectado al muro
Ahí 
Entre ombligos polifónicos
Entre estos
Adalides del narcisismo

La tele transpuso su origen a otra velocidad

Sabés lo que hace tu amigo en China, lo vez ahora; historia en Instagram

Quedaste ahí, bajo el control del señor feudal de la red
Te vigila, te respira en cada hashtag; establece condiciones y lenguajes
Te cuerpea
Te pone
, el del castillo que nace del Enter
, como potencial votante
Y estás ahí. 
Todo tu mí se ramifica
Se multiplica
Identidades en simultáneo  
, a fondo
Cuatro contraseñas, cuatro cuentas
Lo fake atrae
La violencia, desde el anonimato, más fácil
El medio es el mensaje, dijo el canadiense.
Y Backspace
, aparece
, del otro entorno, el viejo, el civil
-que te invadan el muro sin preguntarte es como que pasen a tu casa sin antes golpear la puerta-

Lucha por la disrupción del individualismo

Adelante, en el horizonte millenails, prefigura lo colectivo y el medio palabra

No sabemos qué hacer


jueves, 12 de diciembre de 2019

Escribo, luego pienso


Por Wim Wenders. Cineasta Alemán. 

Hay personas que son capaces de pensar con una enorme claridad.
Otras, pensando no llegan muy lejos.
Pierden el hilo a la vuelta de cada esquina
y tienen que estar buscando todo el tiempo el punto de partida
para saber qué era lo que querían decir.
Yo soy una de esas.
Solo escribiendo puedo pensar las cosas hasta el final.
Las ideas van cobrando claridad
a medida que veo las palabras escritas delante mío.
Tengo la impresión de que es así porque en el resto de las esferas
suelo confiar sobre todo en la vista,
que por lo tanto pasó a ser mi sentido más agudo.
Si puedo verlo que hace un instante no era más que pensamiento,
la idea queda liberada,
se transforma en la imagen escrita del proceso de reflexión
y puede continuar pensándose hacia adelante.
Si escribo a mano es absolutamente imposible que surja una imagen.
Eso se debe a mi caligrafía (¡hijo de médico!),
y a que siento que lo que escribo de puño y letra sigue siendo
parte de mi pensamiento
y no de lo que se abarca con la mirada.
Durante mucho tiempo fui apuntando mis sueños
en medio de la noche, entredormido.
Me forzaba a cumplir, aun sin despertar,
con una disciplina que yo mismo me había impuesto.
Pero por la mañana esos garabatos eran imposibles de descifrar.
Su sentido se había volatilizado,
tal como sucede con los sueños,
que con cada segundo que pasa después de amanecer
se repliegan en la oscuridad,
se retraen y caen en un abismo del que nunca se los
puede arrancar
—salvo cuando pocas, muy pocas veces,
logramos atrapar la punta
de un ovillo que quedó como flotando
a la deriva
y así le sonsacamos otras imágenes a la oscuridad.
Pero cuando despertaba
y no veía ni un trazo mínimamente comprensible
desde lo visual,
me quedaba desconcertado mirando esos jeroglíficos
con la esperanza imposible
de amasarlos para poder formar una palabra
que a la vista
me resultase familiar.
Y ni hablar de que hubiera algún indicio
que me permitiera reconstruir qué había soñado.
Como fueron muchas las veces que mi propia caligrafía
me generó esta dificultad
(sobre todo si había pasado cierto tiempo desde que lo
había escrito)
y como me resultaba imposible desentrañar algo que
tuviese sentido
(y otros de por sí no hubiesen podido hacerlo),
fui aprendiendo con el tiempo a volcarme directamente
a la máquina.
Antes usaba máquinas de viaje.
La última, una Olivetti roja, estuvo dando vueltas un buen tiempo
y de vez en cuando recibía cierta atención por caridad.
Después llegaron los primeros word processors o
«procesadores de texto».
Los recuerdo muy bien: las primeras versiones no podían
memorizar más que un par de líneas.
Había que escribirlas y guardarlas antes de seguir pensando,
y el único modo de imprimirlas era en papel térmico.
Se hacía con una especie de tinta invisible:
una vez que la hoja estaba un tiempo a la luz, era imposible
ver nada…
Las ideas llevaban una vida a puro riesgo,
siempre al filo de quedar desteñidas.
(Más allá de que ese papel tenía la fastidiosa tendencia
a enrollarse todo el tiempo,
como si ya de por sí le molestara revelar lo que cargaba.)
Después, por fin, llegaron las computadoras.
Mi escritura,
y en consecuencia mi modo de pensar,
dieron un salto cuántico,
no sin antes tener que sobreponerse a un shock:
el primer texto que escribí en la primera pc Compaq que tuve
se esfumó cuando tenía solo un día de escrito.
El resultado fue que toda esa cadena de pensamientos desapareció
y fue imposible recuperarla,
como un sueño del olvido.
Eso no me volvió a suceder nunca
y ahora escribo muchísimo más que antes.
Escribo en medio de la noche, cuando no puedo dormir,
o temprano por la mañana o en cualquier momento del día.
Me fascina escribir por el camino. Lo que más me gusta es escribir en trenes y aviones,
pero también en taxis, tranvías y autobuses.
Las habitaciones de los hoteles me conquistaron tanto
como los cafés,
los parques y las bibliotecas públicas.
Hasta las casillas de observación, esas que no sé qué cazadores
instalan en las márgenes de los bosques,
me parecen un lugar fantástico.
Los textos que están en proceso
(como este)
se sienten muy a gusto en sitios desconocidos
y gozan al mudarse de lugar en lugar.
Me pregunto: ¿Estaré pensando mejor?
No necesariamente.
Solo me he acostumbrado a observar los pensamientos escribiendo.
Esta forma extraña en verso que ven aquí
me resulta de gran ayuda.
Genera patrones,
«bloques visuales de ideas» o,
de algún modo,
una estructura en la que hay una especie de gramática visual
que me ayuda
a no perder de vista
la gramática de los pensamientos.
Poco tiene que ver con los «versos» propiamente dichos.
Es una forma que responde más que nada al deseo de que las ideas
hallen un ritmo que las ponga en movimiento,
tal como en el cine,
que se vale de la edición
para generar un flujo determinado de imágenes.
Aplicando este tipo de escritura
los pensamientos, en el mejor de los casos,
se echan a fluir en una corriente similar.
Así como una película puede ser revisada y pulida
con un sistema de edición no lineal,
la computadora me permite cortar, prolongar,
redirigir, explayar, precisar, descartar,
superponer, fundir, girar, saltear…
Escribiendo
la sucesión de pensamientos puede ser increíblemente lúdica.
Las ideas pueden servirse de muchos más recursos para jugar
que cuando «solo se las pensaba».
La escritura,
su carácter visual y ese ritmo tan particular,
las liberan de su soponcio y las alientan a avanzar.
Mis primeros textos breves datan de finales de los sesenta.
Fueron escritos para la revista Filmkritik,
que se editaba en un formato más bien pequeño
y tenía una tirada de varios miles de ejemplares
para los pocos cineastas que había en la República Federal
de Alemania de aquel entonces.
Enno Patalas era su editor, pero la publicación contaba
en particular
con aportes de Helmut Färber y Frieda Grafe,
dos de mis grandes ejemplos a la hora de escribir sobre imágenes.
Una vez decidí acompañar uno de esos textos
con una imagen que tomé de una tira.
(Me permito volver a incorporarla.)
Solo eliminé lo que había fuera de la ventana.
Así es como,
a mi parecer,
quería y quiero escribir y pensar:
como si estuviese mirando por la ventana hacia el cielo
o como si estuviese delante de una hoja en blanco, antes,
o delante de una pantalla, hoy,
ante una superficie siempre dispuesta que no solo recoge mis ideas
sino que además me sugiere correcciones,
me propone algún sinónimo
y que, sobre todo,
no se cansa de procesar y de formatear
lo que le in-, pre- o reescribo.
Antes, en las épocas de Filmkritik, todo era mucho más engorroso.
Primero escribía los textos a mano, «en no limpio»,
anotaba un par de puntas verbales y conceptuales.
Después lo «pensaba» tipeando
(o al revés),
tiraba de la hoja para sacarla de la máquina,
tachaba con un bolígrafo palabras o frases completas,
pintarrajeaba un par de correcciones por encima o por los costados
y volvía a tipear todo.
Y después, muy posiblemente, hacía todo una vez más.
Un incordio.
Ahora todo eso se puede hacer prácticamente en un único paso
que engloba todos los métodos anteriores
o los almacena como un recuerdo
que toma forma de un modo más lúdico, rápido e intuitivo.
Es decir, que ese pensar-escribiendo o esa escritura-pensante,
que es un modo de «poner en imágenes» y de «editar la cinta»,
me permite entender algunas cosas de un modo del que no
hubiese sido capaz pensando.
Las palabras, escritas y contextualizadas,
la gramática, volcada a un ritmo y a una caligrafía,
dejan que las ideas se escurran por distintos surcos, tomen aire,
recuperen su centro y finalmente se afiancen.
Es una especie de pensamiento empírico…
No puedo dejar de relacionar este modo mío de pensar escribiendo
con el trabajo en el cine.
Y quizás ahora, cuando escriba el episodio que me viene en mente,
logre entender adónde quería ir con esta idea.
Recuerdo que cuando trabajábamos en los preparativos
de El amigo americano,
mi camarógrafo Robby Müller y yo
estábamos bajo una fuerte influencia de las obras
de Edward Hopper
(por primera, pero no por última vez),
y habíamos diagramado una propuesta visual que consistía
en que cada toma pudiera ser compuesta de un modo tal
que la cámara no tuviese que hacer ningún movimiento.
Queríamos que los actores se desplazaran dentro de un
único cuadro
o que pudieran entrar y salir de él.
Queríamos que cada toma se afirmara cada vez más
como una «imagen».
Estábamos muy convencidos de nuestra propuesta.
Los primeros dos días de rodaje, la respetamos.
¡Ni un solo movimiento de cámara!
Todo se definía a partir del marco:
lo que quedaba dentro de sus límites estaba salvado,
lo que quedaba fuera, sería invisible por todos los tiempos.
(Es elocuente que por aquel entonces la película llevara el título provisorio
Framed, es decir, ‘enmarcado’,
si bien lo interesante de esa palabra es que en inglés encierra
otros significados
relacionados con la farsa y la difamación.)
Al finalizar el segundo día
nos sentamos a ver el resultado de nuestras primeras jornadas
de trabajo.
(Antes había que esperar,
no se podía ir viendo lo que se hacía mientras se rodaba.)
Tomamos posición en nuestras butacas sin decir una palabra
y acusamos recibo de lo que veíamos
sin emitir ningún gesto
ni comentario.
Se encendió la luz y el silencio fue prolongado y espectral.
Pasado un rato, nos atrevimos a mirarnos nuevamente a los ojos.
Los dos asentimos al mismo tiempo y yo,
solo para confirmar lo que los dos ya sabíamos,
dije: «Bueno, ¡a rodar de nuevo!».
Y eso fue lo que hicimos.
Repetimos los dos primeros días de rodaje, completos,
con la única diferencia de que tiramos por la borda la idea inicial
y volvimos a mover la cámara.
¡Qué liberación!
De pronto todo lo que parecía estar petrificado e inerte
se llenó de vida.
La rigidez de la cámara había generado una rigidez
en las emociones.
Es más:
el principio preconcebido
había impedido que las imágenes afloraran,
las había predestinado desde un primer momento a nacer muertas.
Desde ese momento mi cámara (casi) siempre se mueve
y hago un gran rodeo para evitar cualquier idea preconcebida.
A lo que voy:
creo que a la hora de pensar y de escribir
me sucede algo muy similar.
El pensamiento y la escritura no pueden ir antecedidos
de una opinión.
Necesito esa libertad de movimiento,
esos desplazamientos de cámara, por decirlo así.
Tengo que poder «orbitar» alrededor de una idea
o verla «desde arriba»,
tengo que poder aproximarme de a poco
o alejarme para tomar distancia.
Eso es lo que les da vida.
Me resulta muy importante poder observar ese proceso.
El desarrollo de mis pensamientos se manifiesta del mismo modo
que lo hace la narración de una película en la edición.
Ustedes la pueden ir siguiendo
porque yo también tengo que poder seguirla para avanzar.
Esas serían las instrucciones para leer (¿pensar?)
este libro.



lunes, 13 de febrero de 2017

Pelo medio

Media clase mojigata, soy
mórbida, montada sobre mustios huesos de apariencia apolítica.
Miedo burgués vestido con andrajosa mortaja, fecunda la muerte del otro.
"Clase media".

viernes, 16 de diciembre de 2016

Andrea

La vida está en sus ojos
En un ciclo de lo que a mí me gusta
Y respiro
Y en primera persona, replico:
La vida está en sus ojos
En los abrazos que nos dimos
En los besos que perviven
Un olvido pasajero se hace añicos en el tiempo
La vida está en sus ojos
En la mañana invernal detrás de una ventana empañada
Entre los mates que combaten el frío
En ese frío nunca frío
La vida está en sus ojos
No sé si es mi vida
, pero es la suya,
y me gusta.
La vida está en sus ojos
Así, fácil, como abrazar a un árbol
Animarse a sentir al árbol
Sus ramas son sus brazos
La vida está en sus ojos
Qué lindo es mirarla
Y el sol brilla
La vida está en sus ojos
En las caminatas sin vuelta
En aquella salida con jiji
Con sus brazos abiertos, en sillas de ruedas, volando, riendo, hacia ese mundo que ella soñó
La vida está en sus ojos
Y sonríe, y la miro
Y la escribo, y la siento. Siempre la siento
La vida está en sus ojos
Y lo imposible se convierte en un tema de diván aumentado
Y luego, vino, litros y un por qué trillado
La vida está en sus ojos
Son eternos
Tragaluces del infinito
Sus ojos son la vida
No sé si es la mía
Son los de ella que hacen a ella
La vida está en sus ojos
Y me siento, un inocente
Y el lenguaje no toma nuevas formas
La vida, son sus ojos


domingo, 12 de abril de 2015

Rizohumística

En los pueblos, el otoño tiene otra presencia.
En los pueblos hay más tiempos, menos velocidad, pero hay autos.
En los pueblos las vecinas barren hojas, las amontonan en las uniones de las calles y las queman.
En los pueblos, las personas que conducen gustan de hacerlo con los vidrios de sus automóviles bajos.
En los pueblos, el humo de las hojas encendidas golpean los lagrimales de l@s que manejan y provoca que l@s que van con el vidrio bajo pierdan el control de sus vehículos.
Durante el otoño, en los pueblos, se queman hojas, se choca más.



Prosa de una prestigiosa consultora que analiza el por qué de los accidentes de transito.

domingo, 1 de febrero de 2015

Hoy

Supe vomitar la idea de futuro para anclarme en un necesario presente, mientras me concientizo de la existencia de la madera que observo
Supe teñir el pasado de un nuevo sepia y ponerlo al sur del ojo
Supe sonreírle al por qué, al cómo y a la no certeza.
Supe abofetear a la soberbia para pegarme a una duda necesaria que le teme a su estereotipo
Supe que estás, y que a Godot y a Vladimir hay que enseñarles un nuevo concepto sobre la espera
Supe que dentro de las respuestas, como pájaros, trinan y se juntan las incertidumbres, que aún,  con sus vacilaciones, eligen un rumbo.
Supe que ordenado por caprichos del lenguaje,  las visitas intempestivas de verbos inestables condicionan mi presente
Supe, sabré…
Al fin y al cabo, lo sé.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Pendientes

Cuando los vi no podía creer que estuviesen ahí sentados esperándome como dos lobos hambrientos aguardando a su presa. Me quede congelado, paralizado intentando que no me vieran, pero fue tarde, empezaron a reírse de mi se burlaron invitándome a su banquete venenoso  lleno de sinsabores y asuntos pendientes.
La oferta era tentadora pero un poco cruel para afrontar a altas horas de la madrugada, así que hice fuerza y desvié la mirada, intente ignorarlos, juro que lo intente pero escuchaba detrás de mis hombros como cuchicheaban era un susurro estremecedor, aun así  seguí ignorándolos hasta que ya no pude. Me doble como un duro hierro en las manos del herrero me deje llevar, me enredaron con sus palabras me atraparon como la diminuta araña que acaba de atrapar a un gran cascarudo, me envolvieron y ya no pude huir.
El plato principal del banquete fui yo que sin poder moverme me inyectaron toda su crueldad y entre en un terrible insomnio del que no pude salir durmiendo y así de a poco disfrutando cada momento gozando cada bocado que arrancaban de mi mediante mi mente  se comieron el resto de mi cuerpo.

Ya estaba entregado ¿Qué podía hacer? ¡Nada! me llevaron en un nostálgico paseo por el pasado mostrándome en forma de tortuosas imágenes lo solo que me había quedado, y lo peor es que tenían razón “la verdad para el que quiere ignorarla es una cruel cachetada”. Pendientes, asuntos pendientes que se pasean en mi cabeza recordándome lo que fuimos, lo gigantes que éramos. Pero las cosas hoy son distintas, la soledad y un par de pendientes que olvidaste casi a propósito en mi meza de luz retienen mi paz y no me dejan dormir.

Autor: "El Vieja"