jueves, 11 de agosto de 2011

El mástil


Donde gobernó el verso
Se torno reino de chicanas
Macanas
De troncos férreos
Viejos
 Virulentos

Entre obstinadas palabras
Acaeció limado, estropeado… un mirador
Balcón
Ante varias cabezas
Generando su lluvia
Mojándolas, doblándolas
Empapando en cada gota
Sus sesgos
Ciegos
ciegas
Rancias
Sienes
parpadeantes
Hinchando sus venas
Fueron
Errantes, pero arbitradas
Ganadas por gotas con dolor a mentira

Y ahí, sin el pulso
Caminaron naves, hacia Japón, en una hora
Alentando los olvidos
Quedándose en el suelo
Ante puertas
Anidándose en el umbral
De la brizna fina, la ilusión y lo asequible
Cuando caducaron ante el vano
Profesándose
Y son ventanas

Sólidas, con marcos
Delimitan un “son”

Cuando quedan
Perezas del grito
Desiertas de aire
De cambio
De tierra
De verlas, de verse
 En quererse
Entre conflictos fluctuantes
Ondeantes
Titubeantes
Tremolantes
Emancipadas
Banderas
De un mástil


martes, 2 de agosto de 2011

EL ARMA ES EL MEDIO


Mensaje de auto ayuda escrito por Rolando Abulia

El suicidio es el disparo de cada mensaje, que reviste, lo que no es. 

Es liberar el cerrojo hacia la libertad, abrirse hacia la eternidad. Es la violencia en la acción que reúne al tacto, al sonido, al olfato y al sabor de haber oído y de haber pasado, un sábado, por un túnel , debajo de aquella flagrante verdad verdadera, representando a gritos, su verdad. La verdad, de lo que ella fue. 

Y es una alegoría del arma feliz, fabricada sobre lo infeliz del montaje, lo que te suicida. 

El suicidio, según Emilio, ha sido un “hecho social” Según don Pierre, algo que puede habítarte hasta meterse en tus tejidos, para nadar por tus entrañas y clavarse  en tu futil hemisferio izquierdo.

Y el discurso es el arma hacia un tipo de suicidio. El de una “gente”, que estando situada detrás de la mira del control y sobre carcajadas, recarga los cartuchos de cada medio, y medio es el arma; lacerándote con el laser del infundio hasta despedir tu sangre.

El edificio es el arma. Las ideologías sobre el precipicio, lo son.

Las jerarquías en lo pagano y manuscrito y, aún antes, el mejor ideograma, lo fueron.

Y también el tren; que entre nosotros supo, a vías de distancias espacio-temporales, estar erigiendo posibles melodramas y algunas canciones. 

En la imprenta de alguna calle, con algún  vecino en esa calle, el mensaje es el gatillo, y no es fuego, es pólvora.

Por esto ni se te ocurra pensar en tirarte desde un árbol, porque sobre el poder de rebote que tiene la tierra con el fuego calentándola y algodonándola desde abajo, capaz podes fracturarte y después ¿quien sabe…? El prolegómeno es un choque, un electroshock.

En cambio con la horca en tu cuello podrás lograrlo, por que se la hizo viéndola atada en aquellos “Herejes” en un documental o en cuanto documentado libro.

Y también, en la estrechez de tu impulso, podrás lograrlo. Buscando el candor de quemarte a lo bonzo, porque se ha visto en los versos de insignes poetas del vino  y del cosmos, sufrir el devenir de la radio, del espacio multimedia, junto a la tonta tv, en donde el arma es quemarse a lo bonzo.

Aun así,  podrás realizarlo atándote a los vuelos de los pájaros, atando tus piernas a sus garras y dado vuelta, darte la cabeza contra un morro  del espacio virtual, pero no es lo mismo darte vuelta el morro con un vuelo blanco, bajo un cielo teñido de psicotrópicos, con mojadas alas, por que es macana, chicana y plata por algunas personas que no quieren verte 

Podrás hacerlo odiando la representación del atuendo, de la ropa, de la idea que no fuiste por creer solo en la idea, aún así podrás atar el atuendo a la idea y dejar que te habite hasta quedar preso y presa de su detonador….y que el botón que necesita de una aguja, se atranque en tu pecho , mientras te lo coses puesto en tu cuerpo

Y si dudas quedan, podrás hacerlo sobre la hierba, sobre las flores, con una ingesta de aromas puros, sin antes, habernos visto

Cacofónico es el sonido cuando el retumbar de posibles libertades se cristalizan entre el ruido de aquella vil perorata que ávida estuvo, de amor.


El editor de paso les regala una canción de su gusto y nos manda a decir, que no coincide con el relato en prosa de Rolando Abulia.